En Colombia estamos viviendo un crecimiento cultural importante. En distintas regiones del país hoy vemos avances reales en la formación de públicos y en la consolidación de proyectos que impulsan la profesionalización del sector artístico. Existen programas de aceleración y acompañamiento que hace algunos años eran impensables y que hoy permiten que los artistas independientes trabajen con más herramientas, visión y estructura. Es un ecosistema que, aunque aún en proceso, está mostrando resultados concretos.
Aun así, la sostenibilidad económica sigue siendo el desafío central. No por falta de talento -eso sobra- sino porque todavía competimos en condiciones desiguales. Las multinacionales dominan la distribución, los algoritmos privilegian lo masivo y la industria digital exige una presencia constante que no siempre es viable para proyectos pequeños. Pero lo independiente nunca ha necesitado ser masivo: su fuerza está en la identidad, en la autenticidad y en la relación profunda que construye con audiencias reales.
Las audiencias de nicho se han convertido en uno de los pilares más sólidos del arte independiente. Son comunidades fieles, capaces de sostener procesos de largo aliento porque valoran lo que hay detrás: una narrativa honesta, una estética propia, una propuesta que no depende de las modas ni de las tendencias globales. Ahí está la verdadera sostenibilidad: en la conexión emocional y cultural que los algoritmos no pueden fabricar.
En este escenario, el papel del sector privado es determinante. No se trata únicamente de aportar recursos o patrocinios; se trata de convertirse en un aliado consciente del desarrollo artístico del país. La empresa privada puede aportar capacidades, conocimiento, conexiones y herramientas que fortalezcan procesos creativos que ya están en marcha.
Y, sobre todo, puede reconocer que el arte independiente tiene un impacto profundo en la transformación social: crea espacios de encuentro, fomenta el pensamiento crítico y ofrece alternativas culturales en territorios marcados por la violencia.
A este esfuerzo se suma el rol de gobiernos locales, departamentales y nacional, que en los últimos 20 años, poco poco a poco, poco, han impulsado procesos culturales, formativos y creativos. El reto es asegurar su continuidad en el tiempo, para que no dependan del ciclo político sino de una visión de país que entienda la cultura como un motor de desarrollo.
Cuando los proyectos públicos mantienen su rumbo, se convierten en una base sólida sobre la cual artistas, empresas y comunidades pueden construir.
Desde Merlín Producciones y Puerto Candelaria lo hemos aprendido con los años: la independencia se sostiene cuando se combina identidad, profesionalismo, planificación, calidad y alianzas genuinas. La sostenibilidad no es un acto de fe; es el resultado de una estrategia clara y de un ecosistema que trabaja de manera colaborativa.
Hoy Colombia tiene talento, creatividad, públicos crecientes y procesos que funcionan. Lo que falta es que más actores -especialmente en el sector privado- entiendan que apoyar el arte independiente no es un acto de buena voluntad: es una inversión en cultura, en ciudadanía, en salud social, en reputación y en el futuro de un país que está reescribiendo su identidad a través del arte y la creatividad.
Si seguimos fortaleciendo este ecosistema, el arte independiente no sólo podrá sostenerse: podrá liderar una transformación cultural profunda y duradera.
